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Crónica de un temblor

07:20 Nov 27 2017 UAM Xochimilco, Fraccionamiento Villa Quietud, Coyoacán, Ciudad de México, 04960, México

Descripción
Por: Sofía Benedicto
19-S.
Día 0: Tarde
Desperté tarde. Estoy terminando de leer A Sangre Fría, desde hace ya mes y medio o un poco más. Me quedé picada así que se me hizo tarde para todo. No tuve clase de ocho, y me tocó sacar a pasear al perro; entre las ocho y las nueve de la mañana discutí con mis hermanas de piso y de vida, porque me sentía excluida de la relación tan estrecha que ellas han tenido últimamente. Sentí un miedo terrible de que me dejasen de querer, y también sentí un chorro de sangre bajar hacia mis calzones. Hacía mucho que no me bajaba por un dispositivo anticonceptivo que tengo en el brazo derecho, También le pasó a mi roomie, casi al mismo tiempo que a mí. No eh terminado de leer aún la novela, en la que dos hombres planean meticulosamente el asesinato de una familia entera, en un pueblo recóndito de Kansas.
Salí de compras (tarde) con el perro y regresé corriendo a dejarlas para llegar (también tarde) a la presentación del libro Activismo en red y multitudes conectadas, de Guiomar Rovira… ¿Paradoja? No sé cómo llamarle a esta serie de coincidencias que se vivieron el 19 de septiembre de 2017, fecha conmemorativa en la que desde hace 32 años, entre las ocho y las once de la mañana, se lleva a cabo en la Ciudad de México un simulacro de sismo, por el desastroso temblor ocurrido en el año 1985. En punto de las once de la mañana sonó la alarma sísmica, y se interrumpió la presentación del libro. Todos salimos de nuestras actividades para conmemorar una experiencia que muchos jóvenes no teníamos idea, pero hacemos protocolo y empatía. Chicas y chicos sacaban su celular o veían su reloj, calculando cuánto tiempo faltaba para que la alarma dejara de sonar y pudieran volver a hacer lo que estaban haciendo. Una buena amiga, dijo de broma “seguro que hoy va a temblar”, nos reímos; también dijo “¿Ni un minuto de silencio para los muertos del ‘85?, ¡chale!”. Terminando la alarma sísmica, continuó la conferencia en la que Amador Fernández Savater (miembro activo del movimiento ciudadano en Madrid, España, el 15M) le hacía preguntas sobre cómo conectar a los individuos entre ellos para generar cambios sociales a Guiomar. Los temas principales en el salón de posgrado de Comunicación y Política: eventos mediáticos, cómo la lucha social interpela de otra manera y nos permite encontrarnos como individuos; encontrar un elemento en común de lucha para estar unidos como ciudadanos; la apropiación y reapropiación del internet como método de difusión e información que ayude a la sociedad a generar un cambio; el activismo en redes sociales; ¿quién es el activista comunicativo?; actuar es comunicar; la libre apropiación del espacio; cómo aumentar la apropiación social de la tecnología; mirar fuera de nosotros mismos; la posibilidad de compartir experiencias a través de la web; la movilización del cuerpo es CLAVE para los movimientos sociales, no basta con hacer activismo en el internet.
Reconciliación
Terminando la conferencia me reencontré con mis hermanas en la cafetería de la universidad y nos reímos del pancho de la mañana en lo que hacíamos la fila para comer. Yo tenía hambre y acababa de empezar una dieta en la que me tocaba tomar un té verde antes de la comida. Fui por agua a la barra de bebidas y cuando salí a incorporarme a la fila, puse el vaso en el piso y el té se terminó muy pronto, el vaso se cayó, o no me acuerdo si yo misma lo tiré. Fui por más agua y rellené el vaso. Faltaba un rato para que empezara a circular la fila así que nos sentamos en el piso. Anita es estudiante de biología, una chica adorable que como muchos universitarias, anda con una canasta de mimbre vendiendo bísquets en sus ratos libres, para pagar sus gastos extra. Compartíamos uno de sus panes para abrir el apetito, la fila se iba haciendo más grande. La chica de atrás de nosotras también se sentó en el piso. 1:10 p.m. “Faltan cincuenta minutos, qué hueva”.
El piso a la una con catorce, empezó a crujir. Como si hubiera pasado atrás de mí un camión de carga pesada o doble remolque, solo que estaba a más de 50 metros del estacionamiento. “Ih, está temblando, ¡párense!”, dije desesperada mientras me paraba en un segundo y me alejaba del techo que tenía encima. El sol nos daba a todos en la cara, los árboles se meneaban como si un ciclón estuviera pasando, pero no había ni un soplo de viento en el ambiente. La gente rompió el orden de la fila, y, y no recuerdo mucho más. 7.1 grados. El epicentro a 12 kilómetros al sureste de Axochiapan, Morelos dejó devastado casi todo el estado de Morelos, Puebla, Chiapas y Oaxaca (que ya estaba destruido por el sismo del pasado siete de septiembre por la noche). Ni hablar de la sacudida que tuvo la Ciudad de México.
Logré comunicarme de inmediato con mis familiares en Cuernavaca, que reclamaban estar bien, menos mi papá. En su casa, mi papá sostiene sus repisas (que en realidad solo son tablas) con botellas de vidrio. Uno de mis hermanos fue a buscarlo después de que tembló y no estaba. Había dejado su celular en casa. Y todas, todas las repisas se cayeron (algunas paredes estaban completamente puestas con repisas, también cayeron). Todos los libros, cassettes, CD’s, viniles, carpetas de los semestres que ha dado, cursos enteros de psicología e historia universal, estaban en el piso, y él no aparecía. No había dejado sus cigarros, ni su cartera, lo que significaba que estaba lejos de casa. Tal vez en alguna clase. Nadie supo nada de él hasta unas horas después que llegó a casa, y le dijo a mi hermano que estaba grabando un programa de radio en la torre de Rectoría de la UAEM. Mi papá, al igual que yo, entró en shock y no recuerda mucho del momento.
ACCION
Sin haberlo planeado, todo aquello de lo que se habló en esa aula se empezó a poner en práctica. Tembló otra vez, pero las formas de organización evolucionaron y el poder supremo del internet, difundió internacionalmente la noticia. En menos de una hora, las redes estaban saturadas con propuestas de movilizaciones sociales. Cuando terminó de temblar, Protección Civil, que ya se encontraba en la Universidad (a la que asisten más de 15,000 personas todos los días) por el simulacro del sismo unas horas antes se encargó de desalojar las instalaciones, así que con el perro (que por suerte se encontraba con nosotras) fuimos a ver cómo estaba nuestro departamento. Intacto. Lo único que se cayó fue la televisión al piso, y tiene arreglo. Creímos que así como estaba nuestro departamento, estaba todo lo demás. No había luz, ni gas; el parque de Villa Quietud estaba rodeado de coches con puertas abiertas y radios prendidos, la única forma para recibir noticias de momento. Los celulares no sirvieron bien por varios días. Ciudad de zombies, dicen por ahí que parecía todo. “Galerías Coapa (centro comercial) está destruido, se cayeron paredes completas, está a punto de colapsar. Frente de eso hay dos edificios caídos con gente dentro, vayan a ayudar”, nos contó con videos que había grabado en su celular un chico más de la UAM. Nos preparamos y caminando sobre Calzada del hueso sonaban y tapaban el cielo helicópteros, corrían ambulancias y patrullas hacia todos lados. Coches con militares pasaban en caravana abriendo paso del caos de tráfico que había por todos lados; llegando a la esquina de Cafetales nos topamos con Rafael, otro buen amigo que iba a buscarnos para ver si estábamos bien, y nos acompañó hacia dónde íbamos. Tienditas y oxxos ya tenían filas de clientes que querían comprar víveres. Posibles fugas de gas, cintillos amarillos de precaución, y cascajo cada incierta distancia, cubría el ambiente de la nueva ciudad de México. “Se escuchan gritos por allá, vamos a ver qué pasa”. No sabíamos nada en realidad, puros rumores. Cuando llegamos a Rancho del Arco, fue impresionante todo: dos edificios multifamiliares derrumbados el uno encima del otro, con personas y perros adentro. Gente queriendo ayudar a otra gente. Señoras, señores, niñas, niños, jóvenes mujeres y hombres (no sé de dónde) no paraban de llegar con carritos de supermercado llenos de botellas de agua, material médico, latas de atún, cobijas, sábanas, almohadas, cubetas. Se iban o se acomodaban, aunque ya estaba difícil entrar a la zona de brigadistas. De un sentido de la calle había una enormísima cadena humana llena de hombres pasando cubetas de escombro; más adelante se podía ver de dónde sacaban las piedras: de otro depósito que hacían los rescatistas, que sacaban directamente del derrumbe. Cajones de muebles, ropita de bebé, fotos familiares, laptops, zapatos sueltos, luego el otro par, varillas sostenedoras de muros, ladrillos rotos iban saliendo poco a poco. Había mucho ruido, todos queríamos sostener una cubeta y tener un poquito de héroes, sacar escombro, tomar la mano de alguien que estuviese adentro. Cuando había muchos murmullos, el puño cerrado de alguna persona se levantaba y en menos de diez segundos los puños cerrados y el silencio, se multiplicaba. Si eran necesarios cascos, aparecían casi por arte de magia. De pronto faltaban palas y picos, y cinco minutos después se armaba una caja llena de ellos. Había más de 300 personas tratando de organizarse. Aunque hubo un momento en el que la gente se atiborró, fue un sentimiento que atesoraré siempre el ver cómo ante la desgracia y vulnerabilidad de todos, no importa ni el código postal, el color de piel o la marca de tus tennis, querer ayudar al otro fue tarea de todos, en nuestras localidades, este día. El día que la historia del país cambió para siempre.
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